21 de octubre de 2012

Los reencuentros nunca nos sentaron bien

Que no, cielo, que los reencuentros nunca nos sentaron bien. Ni a ti ni a mí
Que fue todo tan rápido y a la vez duradero que ni nos dimos cuenta, cuando fue la última vez que entré por esa puerta y me esperabas tú en el sofá ya sin camiseta. 
Esa manía tonta de sus 23 de Mayo (o Abril) y nuestro día tres, más tuyo que mío.
Después de cuatrocientos doce sigo tan Junio, y tú quizás el Invierno pasado hibernaste y te sentó bien. 
Me taparías entre miles de capas de nieve blanca (coincidencia, como tu camisa) y acabé tan sepultada que, tal vez, por eso ayer se parara el tiempo tan intensamente. Parón. Y después saludo. Y más tarde arrepentimientos. Y como postre, lágrimas. Quizá, más mías que tuyas

Yo y mis quizáses, tú, con tus porqués.

Que no, cielo, que los reencuentros nunca nos sentaron bien, aunque intentes ocultarlo tras sonrisas. 
Nos matan en vida.
(o quizá sea yo la ilusa, la cría, que sigue ahogándose con Septiembre cuando tú ya sanaste las heridas)

(Miles de gracias por los comentarios, sois estupendos pequeños soñadores)

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