19 de octubre de 2011

Amor encarcelado

Entre| r |e | j | a | s |. Entre barrotes de hierro inexpugnables. Era ahí donde estaba. 
Odiaba estar lejos de su mundo, alejado del azul del cielo tan parecido al de sus ojos, alejado del viento, que juguetón movía sus mechones desmelenados. Pero lo que más anhelaba era estar con ella, la chica de la sonrisa dulce, la que tenía como pasatiempo contar estrellas en noches de verano. 
Soltó el puño contra aquellos muros grises que habían visto peleas, muertes, y desesperación. Ahora veían a un chico, joven y alto melancólico y desesperado. Dirían que si se afeitaba y se arreglaba ese pelo enmarañado que tenía, estaba de buen ver. Dirían muchas cosas de su aspecto; que era moreno y que sus ojos eran del color del mar en calma. Dirían también que había ido por la mala vida, esa en la que te metes sin querer, pero no puedes salir tan facilmente. Pero lo que nunca se atreverían a decir era que el amor verdadero corría por sus venas, bombeado por ese gran corazón. (Quizás porque él, nunca lo habría admitido en público), no lo dejaba ver en sus gestos, no permitía que sus ojos lo reflejasen con ese brillo encantado y burbujeante. No, ni mucho menos, en ningún momento de su vida.

Entonces, ¿por qué sentía ese vacío por dentro? ¿Por qué quería gritar a los cuatro viento lo inmenso que era aquel sentimiento?, [tan grande e inexplicable que le hacía daño al respirar.]
¿Cómo la podía echar tantísimo de menos? Siempre le sacaba de sus casillas con ese comportamiento infantil, pueril y juguetón, tan parecido al de una cría de cinco años que no sabe lo dificil y duro que es la vida.

“Tiene cara de niña buena” había oído en infinidad de ocasiones de labios de gente superficial que sólo se fija en las apariencias. A esos también los odiaba, joder. Y se enfadaba sintiendo hervir la sangre dentro de su cuerpo. 
“Pero las apariencias engañan, créeme, ella había roto mas platos que tú y que yo juntos y su juego favorito era romper las reglas.” Pensaba, ignorándolos y se limitaba a asentir, como cuando le das la razón a los tontos. Para que se callen.

Suspiró. 

¿Para qué negarlo? Era jodidamente perfecta y el había sido un cabrón. Por eso, estaba allí, encarcelado, alejado de ella, la persona que más lo había querido y tan poco había recibido por su parte.

Porque si al querer no lo haces con el corazón, no puedes sentir lo que verdaderamente es el amor

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